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 José Clemente Orozco, El tirano, 1947

Óleo sobre tela. Museo de Arte Moderno, INBA

 

El tema del monstruosismo ha sido uno de los más recurrentes en todas las culturas. Todo aquello que implica una diferencia, una condición otra, ha propiciado el empleo de esta categoría en términos distintivos y no pocas veces peyorativos, para calificar lo que contraviene los códigos rectores del orden y la normalidad.

En el terreno del arte –abierto siempre a indagar en los límites, en el más allá de lo culturalmente legitimado—, este tema ha provocado repulsión, pero también –y sobre todo—, una gran atracción. Sirios, egipcios, fenicios, polinesios, japoneses, chinos de diferentes épocas nos legaron obras maestras al respecto, como también tantas otras culturas no occidentales, resignificadas por la mirada moderna europea y americana de la era finisecular.

De hecho, una de las más interesantes tesis sobre el arte y la monstruosidad que registra la herencia mexicana, de la autoría de Edmundo O´Gorman, vincula la expresión bella y la vez monstruosa de la guerra concebida por los mexicas, a través de la Coatlicue, con el placer y el horror de la guerra, propia de la mentalidad occidental.

Alimentado por estas y otras genealogías ancestrales, el monstruosismo artístico que se propagó por los principales foros internacionales desde mediados de siglo XX, tiene como principal objeto de análisis a la condición humana: al monstruo interior que se esconde en nuestra pulcra apariencia “humanista”.

Tal fue el objetivo de no pocos artistas de la segunda posguerra, consternados por las atrocidades de los últimos años, e interesados en descubrir la parte humana negada o escondida por las construcciones simbólicas convencionales que, como bien lo hicieron notar en memorable polémica Jean Paul Sartre y Martin Heidegger, habían demostrado su falsedad en el duro suelo de la historia.

En tal sentido, los retratos deformes o distorsionados de Francis Bacon responden a un realismo más profundo que el de aquellos exponentes apegados a una expresión clásica. Lo mismo se puede afirmar a propósito del estadounidense Whillem Kooning, el francés Jean Dubuffet, los integrantes del Grupo Cobra (como Karel Appel), los mexicanos José Luis Cuevas y Rafael Coronel, el colombiano Leonel Góngora, los argentinos Luis Felipe Noé y Rómulo Macció, entre los más significativos.

El monstruosismo de mediados de siglo XX se emparentó, vía los artistas alemanes de entreguerras y figuras internacionales de primer orden, como José Clemente Orozco, con el neoexpresionismo. También con el nuevo humanismo, de inspiración existencialista y beat, y con el término más amplio de la nueva figuración. Se abrió con ello el abanico de posibilidades en la representación y en el abordaje de problemas literarios y filosóficos, como el del doble (“el horror a los espejos y del coito, que repiten a los hombres”, escribió Bioy Casares), las metamorfosis asociables simbólicamente con Kafka, el “yo múltiple”, lo perverso, la condición omnímoda del poder, entre otros más.

En Diego Rivera el mostruosismo tiene expresiones diversas. El fabuloso mural que alberga este museo, así lo demuestra. Tenemos las deformaciones que el pintor practicó en los retratos de personajes históricos como Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna y la figura presidencial del extremo derecho. También en el orden temático, calificando en las manos de Hernán Cortés la sangrienta Conquista de México, recordando en la persona de Mariana Violante de Carbajala la terrible mano inquisidora o haciendo notar en diversos personajes las grandes diferencias sociales de la realidad mexicana.

Tenemos también en la interpretación histórica de la religión en México, presentada en tres paneles, la visón que el pintor contraponía con toda vehemencia a la visión colonialista, orientada a concentrar “lo monstruoso” en las prácticas religiosas prehispánicas. 

Más allá de la intención de provocar temor o un horror bobo y gratuito, el imaginario del monstruosismo busca oponerse a la representación cosmética e idealizada del ser humano. Por ello, en la mayoría de sus exponentes, el interior deviene exterior; encarna en la apariencia visible.

Si bien, el mostruosismo y la nueva figuración se deslindan con vehemencia del arte panfletario, sus causas, temas, problemáticas y reflexiones suelen tener un cauce político y social, orientado a delatar las diversas formas de injusticia y también a afirmar los derechos del Sujeto frente a las dictaduras de los Absolutos.

Entre los recursos técnicos prevalecen la deformación y caricaturización de los modelos, así como la estilización o exageración de los rasgos más significativos. En no pocos artistas, como Rico Lubrun, Alechinsky y José Luis Cuevas, entre otros, el dibujo adquiere una importancia de primer orden. Las descripciones lineales activas y pasivas tienen el mismo valor que la gestualidad plástica, puesta en práctica  por pintores provenientes de la veta expresionistas, algunos de los cuales, como de Kooning, plasman “el fantasma de la figura”. 

 

Monstruosisimos y Nueva Figuración, se presenta en el Museo Mural Diego Rivera a partir del miércoles 14 de junio y hasta el domingo 17 de septiembre del 2017

Martes a Domingo

10:00 am a 18:00 pm

Domingos, entrada libre

 

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